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14 de agosto: Día interamericano de la Calidad del Aire

Aire Limpio: ¿Crónica de una muerte anunciada?

Fuente de la imagen: https://url2.cl/4ByQ9

Nadie que vea esta imagen seguirá imperturbable: algo se nos debe remover, así digamos que son cosas de publicistas muy creativos, o  de los artistas callejeros  tan dados a irse de olla. Pero no. La realidad es peor. 

Siendo fieles a lo que pasa  en nuestro planeta, la imagen debería ser, no la de esta ciudad sumergida en la niebla de un aire contaminado, sino la de un globo terráqueo que tenga escrito en la superficie la palabra DESVÍO seguida de una flecha con la punta sobresaliendo más allá del polo norte.

El problema es que los humanos no tenemos para donde ir si la Tierra se nos acaba. No hay otro planeta de repuesto. Tierra, agua y aire se están convirtiendo literalmente en botes de basura, dramática evidencia de que el planeta está llegando a los límites en cuanto a su capacidad de carga y la función de actuar como sumidero de residuos, por ejemplo del CO2 que en todas partes está sobrepasando los niveles tolerables;  ni hablar de las fuentes hídricas que están deterioradas en su capacidad de renovar el agua al ritmo que se consume. Del suelo que pisamos ya tenemos suficientes señales de que el tiempo para sostenernos está contado, no es sino repasar la tala de árboles en selvas como las del Amazonas y Orinoquia, o la deforestación de bosques como los de los Farallones de Cali o del Parque Nacional Chiribiquete. 

En esta fecha consagrada al Día Interamericano de la calidad del aire es importante reflexionar acerca del origen de los factores que contribuyen a degradarlo, afectando nuestra supervivencia. Pues bien, los monstruos que amenazan nuestra vida no son ni parecidos a los que aparecen en The Mist, esa película de 2007 de Frank Darabont, en la que una misteriosa niebla repleta de temibles criaturas amenaza con matar a todos los que se adentren en ella. Aquí los monstruos somos nosotros. Esos factores que degradan el aire puro –ese que permaneció en un estado relativamente sano por allá hasta mediados de la segunda mitad del  S. XVIII-, están estrechamente unidos al crecimiento de la población y su consumo. El crecimiento continuado a ritmos, digamos exponenciales,  solo puede darse en el mundo físico de modo transitorio: se llega siempre a un punto donde vamos a superar los límites del planeta. El crecimiento poblacional va de la mano con el uso acelerado de bienes naturales para suplir el consumo no menos desproporcionado que hacemos nosotros, la gente. La gente que cuando dispone de un excedente monetario se compra otro carro para disponer de dos  y así no afectarse con el pico y placa, sin reparar en que puede hacer uso de transporte público o ir en bici a la oficina.

El deterioro de la calidad del aire que respiramos es un indicador del desajuste entre sostenibilidad y progreso, incluso esto se refleja en las enfermedades respiratorias que padece la población urbana que sufre los efectos de la convivencia con fábricas industriales y un excesivo parque automotor. No en balde, el año pasado el señor David Boyd, relator especial sobre derechos humanos y medio ambiente de la ONU, decía que la contaminación del aire "es un asesino silencioso, invisible y prolífico responsable de la muerte prematura de siete millones de personas cada año” en el mundo. Lean bien, siete millones de muertos al año  por respirar mal aire. Una cifra nueve veces mayor a la que reporta de muertes el Covid-19 al día de hoy, 755.00. Para más claridad de la dimensión del problema, don David agregaba que cada cinco segundos “alguien muere envenenado por el aire” y nueve de cada diez personas en todo el mundo están expuestas a niveles de contaminación que superan los niveles de seguridad señalados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pensar que nosotros generamos el problema y también somos quienes tenemos la capacidad de solucionarlo. Porque no hay otra salida a la de revertir el crecimiento de población y del consumo para bajar la presión sobre los bienes naturales. Prevenir y reducir factores que originan la contaminación del aire y asumiendo buenas prácticas ambientales, es la tarea. No hay otra. Ya es imposible devolvernos en el tiempo a respirar la maravilla del aire del año 1789 cuando don José Eustaquio Palacios situaba su novela El Alférez real y narraba lo siguiente:

Al Norte el horizonte es tan extenso y el Valle por ese lado es tan bajo, que, como en el mar, se alcanza a ver el cielo sin alzar los ojos. A dos leguas de distancia (1 legua son 4,83 km) se levanta la ciudad de Cali, reclinada sobre las faldas de la cordillera, coronada de montes y collados, de campanarios y de palmas, arrullada por el murmurio de su río, a la sombra de sus naranjos, nísperos y tamarindos; refrescada por las brisas de la sierra y perfumada por el aroma de los azahares, flor aristocrática, de blancura sin mancilla, emblema de la pureza, escogida por las vírgenes para tejer con ella sus coronas…

Lo que hicimos nosotros con nuestra ciudad desde esa época a 2020, es parte de la historia de esa niebla que nos cubre cielo y entendedera. Pero eso es ya materia de otro cuento. 

 

 

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